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PORTADA Música · Edición #047

Qué era Ares y cómo descargábamos música antes de Spotify

Buscabas shakira.zip, esperabas 40 minutos y a veces lo que bajaba no era Shakira. Cómo funcionaba Ares, la red P2P que se descargó toda una generación.

Por Facundo Alvarez 7 min
Captura reconstruida de la ventana de Ares buscando 'shakira - ojos asi', con resultados que incluyen un .exe y un .scr sospechosos, y un CD pirata con cinta adhesiva al lado

Fig. 01 — Captura reconstruida de la ventana de Ares buscando 'shakira - ojos asi', con resultados que incluyen un .exe y un .scr sospechosos, y un CD pirata con cinta adhesiva al lado

TL;DR — Ares era un programa que conectaba tu ordenador con millones de ordenadores de desconocidos para compartir archivos. Bajabas lo que querías, pero mientras lo bajabas también eras servidor de lo que ya tenías. Entre 2003 y 2010 fue el método preferido de descarga de música en España y Latinoamérica. Te descargabas la canción nueva de Shakira. A veces era la canción. A veces era un virus que mataba la PC familiar. A veces eran las dos cosas.

Si naciste después de 2005 es probable que Spotify, YouTube Music o Apple Music te parezcan la forma natural de escuchar música. Apretás play y suena. Fin.

Pero entre 2003 y 2010 escuchar música era otra cosa completamente. Era bajar archivos. Y Ares era, para media hispanohablante, la forma de hacerlo.

¿Qué era Ares exactamente?

Ares (técnicamente Ares Galaxy) era un programa gratuito para Windows que permitía buscar y descargar archivos — música, películas, fotos, software, cualquier cosa — desde una red peer-to-peer (P2P) compuesta por los propios usuarios del programa. Lo lanzó en 2002 un programador llamado Alberto Treves y vivió su edad de oro entre 2003 y 2010, sobre todo en el mundo hispano.

No era único — competía con Kazaa, LimeWire, eMule y BearShare — pero en España y Latinoamérica Ares ganó la guerra. Estaba en prácticamente todos los ordenadores de escritorio de la región durante esa década.

Eras dueño de tu música (esto es lo primero que hay que entender)

Antes del streaming, la música era un objeto que poseías. Tenías tu carpeta Mi música en el escritorio, y ahí adentro estaban tus canciones. Archivos MP3, cada uno ocupando 3 o 4 MB de tu disco duro. Si algún día se iba internet para siempre, seguías teniendo tu música. Era tuya.

“Eras dueño de la música. Hoy la alquilás por 10 euros al mes. Nunca fue tuya, nunca va a serlo — si Spotify cierra mañana, tu biblioteca desaparece.”

Ese concepto de propiedad es el que Ares encarnaba. Cada archivo que descargabas quedaba en tu PC, lo podías copiar a un CD, pasarlo por pendrive a un amigo, grabarlo en tu iPod, y —muy importante— elegir cada tanto qué merecía quedarse en tus 4 GB de espacio libre.

No había catálogo infinito. Había tu catálogo. Y construirlo era una actividad deliberada.

Cómo funcionaba la red por detrás

Lo genial de Ares — y de todas las redes P2P — era la idea de no necesitar un servidor central. En vez de que todos los archivos vivan en los ordenadores de una empresa, los archivos vivían en los ordenadores de los usuarios.

Traducido a lenguaje humano:

  • Descargabas Shakira_Ojos_Asi.mp3 y, mientras estaba bajando, otros usuarios también se conectaban a tu PC para bajarla de vos — porque una vez que tenías los primeros MB, ya podías servirlos a otros.
  • Eso significaba que vos eras proveedor y consumidor al mismo tiempo. Si tu archivo estaba en muchos ordenadores simultáneamente, la descarga era rápida. Si era un archivo raro que tenían dos personas, podía tardar 12 horas.
  • El programa tenía un buscador. Escribías “Shakira” y te devolvía cientos de resultados con los nombres tal cual los había nombrado otra gente. Ahí empezaban los problemas.

La red se llamaba Gnutella2 técnicamente. No te hace falta acordarte del nombre. Te basta con entender que todos los usuarios eran a la vez biblioteca pública y bibliotecarios — aunque la mayoría no lo sabía.

El buscador y el arte de nombrar bien

Como los archivos los subía gente normal, los nombres eran un desastre creativo:

  • Shakira_Ojos_Asi.mp3 — bien
  • shakira-ojos_asi-remix-RKT(LAPLATA).mp3 — remix que no pediste
  • Shakira_Whenever_(ojos_asi_version_ingles).mp3 — mal etiquetado, la canción era otra
  • ShAkiRa_OjOs_AsI_DiScO_cOmPlEtO.rar — el álbum entero en un zip de 50 MB
  • shakira_ojos_asi.mp3.exeesto no es música, es un virus

Aprender a leer los nombres de archivo era una habilidad. Había reglas no escritas: desconfiar de archivos con extensión .exe, .scr, .bat o .com cuando debería ser audio. Desconfiar de tamaños raros (un MP3 de 48 KB no es un MP3, es otra cosa). Mirar cuántos usuarios tenían el mismo archivo — si 150 lo tenían era seguro; si lo tenían 2, era sospechoso.

Los virus: la tragedia familiar inevitable

Este es el capítulo donde todos fallamos al menos una vez.

Bajabas un archivo. Le dabas doble click. La PC familiar se volvía loca. Ventanas pop-up de casinos, tu navegador redirigido a páginas raras, el cursor moviéndose solo, o —la peor variante— la PC que directamente no arrancaba al día siguiente.

El clásico era descargar shakira_nueva_foto_filtrada.jpeg.scr. Windows XP por defecto ocultaba la extensión real de los archivos conocidos. Vos veías “shakira_nueva_foto_filtrada.jpeg” y pensabas que era una foto. En realidad era un .scr (screensaver ejecutable) que al abrirlo instalaba cualquier cosa.

La consecuencia práctica: el hermano mayor arrancaba un “formateo general” — reinstalar Windows desde cero, perder toda la música que tanto había costado bajar — cada 6 u 8 meses. Era un ciclo de vida normal.

“Si no arruinaste la PC de tu familia descargando un virus por Ares, técnicamente no viviste la década del 2000.”

Ares también era tu reproductor

Acá está el giro que Gen Z probablemente no sabe: mucha gente dejó de usar Winamp para escuchar música y empezó a escucharla desde el propio Ares.

El programa tenía un reproductor integrado. Terminabas de descargar una canción y la apretabas con doble click — sonaba en la misma ventana. Si dejabas Ares abierto todo el día (y la mayoría lo hacía, para seguir bajando cosas), Ares se convertía en tu jukebox personal. Tu biblioteca de música vivía ahí adentro.

Eso rompía la lógica original: Ares se suponía que era para descargar. Pero en la práctica se volvió un reproductor, un buscador, un chat (tenía chat integrado, sí) y una biblioteca, todo en un solo programa que consumía medio GB de RAM y dejaba tu PC funcionando como una tostadora.

Películas: el capítulo de dudosa resolución

Con la música era manejable. Con películas, Ares era una ruleta rusa gloriosa.

Esperabas 6, 8, 12 horas a que bajara una película de 700 MB. La abrías. Podía ser:

  • Una copia digna, ripeada de DVD. Buena resolución. Audio normal.
  • Una versión “screener” filtrada desde la industria antes del estreno, con un watermark que decía “PROPERTY OF SONY” en el medio de la pantalla toda la película.
  • Una grabación hecha con cámara apuntando a la pantalla del cine. Veías cabezas del público moverse en la parte inferior. Alguien se reía en la fila de atrás.
  • La película correcta pero doblada en un idioma random — mandarín, ruso, polaco — sin subtítulos.
  • Una película distinta. Bajaste Shrek 2 y te vino un corto experimental húngaro.

El guión social era: alguien se descargaba la película primero, la miraba con los amigos, y si salía bien, se pasaba el archivo por pendrive entre todo el grupo. Si salía mal, la noche era la escena de ver 8 minutos de película en mandarín muertos de risa.

Lo que nos dio Ares que Spotify no puede dar

No todo fue peor. Cosas concretas que se ganaron en la era Ares:

  • Curaduría personal obligatoria. Como tu disco duro tenía 40 GB, cada canción que guardabas era una elección. Tu biblioteca decía algo de vos. No era el algoritmo — eras vos eligiendo.
  • Descubrimiento por investigación. No había “daily mix” ni “para vos”. Escuchabas el consejo de un amigo, leías una revista (sí, revistas en papel), encontrabas el nombre en los créditos de otra cosa. Buscabas activamente. Eso da otro valor a cada hallazgo.
  • La escasez también da valor. Una canción rara que tardaste 4 horas en conseguir significaba más que un tema de Spotify que tocás y cerrás sin pensar. El esfuerzo de conseguirla la volvía tuya en un sentido más profundo.
  • La propiedad. Lo que bajaste, bajaste. No hay suscripción que caduque.

Lo que nos ahorramos cuando llegó el streaming

Y honestamente, también se ganaron cosas:

  • Se acabaron los virus. Spotify no te instala un troyano nunca.
  • Se acabó la calidad basura. Ya no hay que adivinar si el MP3 va a sonar a 64 kbps enlatado.
  • Llegó el catálogo completo. En 2005, si querías escuchar un álbum oscuro de jazz de los 60, tenías que rezar que alguien lo haya subido. Hoy está en Spotify en 3 segundos.
  • Se acabó la paranoia. Ya no hay ese momento de “¿mi ISP ve que estoy bajando?”. Todo es legal ahora.

Los problemas nuevos que antes no teníamos

Pero acá está el giro que querés escuchar. Lo que hoy damos por hecho y dentro de 15 años nos va a parecer extraño:

  • No somos dueños de nada. Toda la música que “tenés” en Spotify está alquilada. Si dejás de pagar, desaparece. Si un artista pelea con Spotify, su catálogo se va. Tu biblioteca no es tuya — es un permiso temporal.
  • El algoritmo decide por vos. Antes elegías qué bajar. Ahora Spotify te sugiere 40 canciones y vos escuchás lo que aparece. La curaduría activa se murió.
  • Todo está disponible, entonces nada importa demasiado. Cuando algo está a un click de distancia, deja de tener peso. Nadie atesora su biblioteca de Spotify como atesoraba su carpeta Mi música en 2007.
  • Estamos otra vez pagando — pero no en dinero. Spotify gratis te muestra publicidad. Spotify pago te cobra 10 euros al mes. Entre una cosa y la otra, la música volvió a costar. Solo que ahora el costo es permanente y nunca termina en “ya es tuya”.

Spoiler para la Gen Z que llegó hasta acá

Ares todavía técnicamente existe. Podés buscar “Ares Galaxy download” y descargarlo — la versión más reciente es de 2017, lo cual lo vuelve una pieza de museo funcional. Si la abrieses hoy, casi no habría nadie compartiendo archivos. El programa sigue vivo. La red se murió.

Y pensá esto: en 2040 o 2045, alguien va a escribir un artículo titulado “Qué era Spotify y por qué pagábamos por alquilar música”. Y va a sonar tan raro como hoy suena “pagabas por minuto para llamar al extranjero” o “esperabas 40 minutos por una canción”.

Los modelos de consumo cultural se parecen a la ropa de moda: nos convencemos de que así siempre fue y así siempre será, hasta el día exacto en que cambia. Y cambia, siempre.

Mientras tanto, si querés probar cómo se sentía construirse una biblioteca a mano, descargá un disco entero legalmente, en MP3, en tu disco duro. Ponele nombre a la carpeta. Guardalo. Cuando vuelvas a abrir esa carpeta en 2030, vas a entender de qué te hablo.

Fuentes consultadas

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~marian_94 hace 2 min

yo tenía el walkman azul semi-transparente, ese que se le veían los engranajes. lloré leyendo este artículo. gracias.

~djcombo hace 14 min

el tema de los 45 minutos es REAL. el acto de elegir qué merece estar en la cinta era lo más parecido a hacer un disco propio.

~~invitado hace 1 h

¿se puede conseguir la revista en papel? en mi ciudad no llega.

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