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PORTADA Tecnología · Edición #047

Qué era quemar un CD y por qué lo hacíamos en la PC familiar

La PC familiar tenía todo adentro. Para sacarlo, quemabas un CD en Nero durante 30 minutos y olía raro. Cómo funcionaba la circulación cultural entre 2000 y 2008.

Por Facundo Alvarez 7 min
Tres CDs rotulados a mano sobre fondo crema: CUMBIA 2007 para el auto de papá, FIESTA JULIA 31/12/2005, y un CD-RW con 34 usos; al frente una ventana de Nero grabando al 47 por ciento

Fig. 01 — Tres CDs rotulados a mano sobre fondo crema: CUMBIA 2007 para el auto de papá, FIESTA JULIA 31/12/2005, y un CD-RW con 34 usos; al frente una ventana de Nero grabando al 47 por ciento

TL;DR — Quemar un CD era pasar archivos de tu ordenador a un disco compacto virgen usando un programa como Nero. Llevaba entre 20 y 40 minutos. Servía para sacar música, fotos, juegos o videos fuera de la PC familiar — porque entre 2000 y 2008 la PC era un fortín, no un servicio, y si querías tu música en otro sitio, la grababas a un CD y te la llevabas. Le decíamos “quemar” porque el láser literalmente quemaba la superficie del disco.

Si tenés menos de 20 años probablemente nunca tuviste un CD virgen en la mano. Probablemente nunca tuviste ningún CD en la mano — más allá de alguno que te regaló tu tía con fotos de una boda.

Pero durante 8 o 10 años seguidos, entre 2000 y 2008 aproximadamente, quemar un CD fue una actividad tan normal como hoy lo es hacer una captura de pantalla. Lo hacían adolescentes, lo hacían abuelas, lo hacían oficinistas. Era la tecnología invisible que movía el contenido digital de un lado a otro.

¿Qué era quemar un CD exactamente?

“Quemar un CD” era escribir datos en un CD virgen usando la grabadora de tu PC y un software especializado (casi siempre Nero Burning ROM en Windows). El láser del drive literalmente quemaba — muy suave pero quemaba — una capa reactiva del disco, creando un patrón de zonas claras y oscuras que después se podía leer como unos y ceros.

El CD quedaba con un ligero olor a plástico caliente al terminar. De ahí el verbo “quemar” en inglés (burn). En España y Latinoamérica le decíamos “quemar” pero también “grabar”, por herencia de los cassettes de los 80 y 90 donde grababas música de la radio a cinta. El vocabulario convivía.

CD, CD-R, CD-RW: los tres soportes que convivían

Había tres tipos de disco y la diferencia era crítica:

  • CD normal (el que venía con un álbum, por ejemplo): sólo lectura. No podías escribirle encima.
  • CD-R (CD Recordable): se grababa una vez y quedaba así para siempre. 700 MB de capacidad. Era el más común, costaba céntimos.
  • CD-RW (CD ReWritable): se podía borrar y volver a grabar muchas veces, hasta 1.000 ciclos en teoría. Más caro, más lento al grabar, y los reproductores viejos a veces no los leían.

“Cada CD-R era una hoja que una vez usada quedaba así grabada para siempre. El CD-RW era una inversión para probar cómo quedaban las cosas antes de quemar la copia final.”

El flujo típico era: armabas el mix en un CD-RW, probabas cómo sonaba en el estéreo, ajustabas el orden, y cuando estaba perfecto lo quemabas en un CD-R definitivo para regalar.

La PC familiar era un fortín de datos

Acá está la clave que Gen Z necesita entender para que lo demás tenga sentido.

En los 2000, la PC que tenías en casa era la PC familiar. Una sola, generalmente en el comedor o en una pieza común. Ahí adentro vivían: las fotos del cumpleaños de tu hermano, la música que tu papá bajó por Ares, los deberes de toda la familia, el juego pirata que tu primo instaló la última vez que vino de visita, los videos caseros grabados con la cámara digital.

Todo adentro de esa torre blanca con un monitor CRT arriba.

Esa información no salía de ahí fácilmente. No había nube. No había servicios. No había apps. Si querías:

  • Escuchar esas canciones en el auto de tu papá, no podías enchufar la PC al auto.
  • Llevarte un disco a la casa de tu amigo para que lo escuchara, no podías mandárselo por internet (subir 50 MB por dial-up tardaba toda la noche).
  • Guardar un respaldo de las fotos por si el disco duro moría, no había Dropbox.
  • Llevar un juego a la casa de tu primo, el juego eran 4 GB en 6 CDs.

Entonces lo que hacías era pasar la info a un CD. Y te lo llevabas en la mochila.

Cómo se quemaba un CD, paso a paso

Abrías Nero Burning ROM, el programa que venía preinstalado en casi todas las PCs familiares (o en su defecto Nero Express, la versión simplificada). La pantalla te preguntaba qué tipo de CD querías hacer:

  • CD de audio — para reproducir en un discman o equipo de música del living
  • CD de datos — archivos sueltos para leer desde otra PC
  • CD de video (VCD) — rudimentario precursor del DVD-Vídeo
  • Copia 1:1 del CD — para copiar un disco existente idéntico

Elegías una opción. Se abría una ventana dividida en dos: a la izquierda tus archivos del disco duro, a la derecha el CD vacío. Arrastrabas lo que querías al lado derecho. Al pie, una barra te avisaba cuánto espacio ibas ocupando de los 700 MB.

Cuando llegabas al 100% (o 95%, porque había gente que forzaba “overburning” para meter 710 o 720 MB), apretabas “Grabar”. Introducías el CD virgen. La PC se bloqueaba parcialmente —si movías el mouse muy rápido o abrías otro programa pesado, el buffer se vaciaba y la grabación fallaba arruinando el CD para siempre.

Esperabas entre 20 y 40 minutos mirando la barra de progreso. Escuchabas el drive girar cada vez más rápido. Olía un poquito a plástico caliente. Y al final, el drive se abría solo. El CD estaba listo. Lo sacabas. Lo rotulabas con marcador permanente negro en la cara imprimible.

El CD de la fiesta

El ritual social más puro era el CD de la fiesta.

Ibas a la casa de alguien un sábado a la noche. Llevabas un CD rotulado con marcador — “CUMBIA 2007”, “DEL IPOD DE MARTÍN”, “MIX BODORRIO JULIA”. El dueño de casa lo metía en el minicomponente del living. Sonaba toda la noche.

Al final de la fiesta, todos querían la copia. Pero copiar un CD son 30 minutos por unidad. Entonces lo que pasaba era: se lo llevaba alguien que tenía grabadora en casa, lo copiaba al día siguiente, y cada tanto iba pasando el CD por los grupos de amigos hasta que todos tenían una copia — a veces copias de copias, con un poco de pérdida de calidad en cada iteración.

Un solo CD generaba 15 copias en una semana. La viralidad cultural funcionaba así, lenta pero imparable.

Los juegos piratas del negocio de la esquina

Acá entra el capítulo que no nos enorgullece pero que fue masivo.

En toda ciudad había un negocio — a veces oculto, a veces no tanto — que vendía o alquilaba juegos piratas. La mecánica era perfectamente ilegal pero extraordinariamente común:

  1. Ibas al negocio, pagabas 5 pesos (o 1-2 euros), te llevabas el CD original del juego.
  2. En tu casa abrías Nero, elegías “Copiar CD”, introducías el original.
  3. Nero hacía una imagen del disco en tu disco duro (15-40 minutos).
  4. Sacabas el original, ponías un CD virgen. Nero te escribía la copia (otros 15-40 minutos).
  5. Devolvías el original al negocio. Te quedaba tu copia en casa.

El negocio vivía de alquilar 5 veces el mismo original a 5 personas distintas, cada una haciendo su copia. El juego circulaba, todos tenían una copia, nadie había comprado el juego oficialmente.

No me enorgullece, pero eso era cómo crecimos jugando. Half-Life, Age of Empires, GTA San Andreas, The Sims, Counter-Strike — instalados desde copias de copias de copias. El concepto de pagar 60 euros por un juego nuevo era inimaginable.

La colección física: tu orgullo del estante

Y acá está la parte nostálgica que Gen Z no vivió.

Los CDs se coleccionaban. Había muebles específicos: torres giratorias con capacidad para 100 o 200 CDs, carpetas archivadoras con fundas de plástico para 48 o 96, estuches slim finitos para viajar con 10 o 20.

“Existía la ambición de guardar y acumular el contenido porque sabías que por ahí no volvías a tener acceso a eso.”

Tu estante de CDs decía algo de vos. Igual que hoy una biblioteca de libros dice algo. Si alguien entraba a tu casa podía mirar tu colección y reconstruir tus gustos musicales, tus juegos favoritos, tu intensidad coleccionista.

Los más organizados los ordenaban alfabéticamente. Los más dejados los amontonaban en una caja bajo el escritorio, rotulados con alguna etiqueta general tipo “MÚSICA 2005-2006”.

Después llegaron los DVDs y pasó lo mismo, pero con películas.

Cuando 700 MB dejó de alcanzar: llegó el DVD

El CD aguantó hasta que los archivos empezaron a ser más grandes. Una película ripeada pesaba 700 MB justitos, pero una película en mejor calidad o un juego moderno superaba los 2 GB fácilmente.

Ahí entró el DVD-R, con 4,7 GB de capacidad (también conocido como “4,38 GiB reales”, por la diferencia entre unidades decimales y binarias — pero nadie prestaba atención a eso). 6,7 veces más espacio que un CD.

El flujo cambió:

  • Las películas completas ya entraban en un solo disco.
  • Los juegos grandes dejaron de ser 6 CDs y pasaron a ser 1 o 2 DVDs.
  • La gente empezó a hacer backup del disco duro familiar completo en 8-10 DVDs.

Había también DVD-RW (regrabable) y formatos variantes como DVD+R, DVD-RW dual layer (8,5 GB, raro y caro). La confusión era tal que Nero incluyó un asistente que detectaba el formato del disco automáticamente.

Lo que perdimos al llegar el streaming

Cuando Spotify, Netflix y YouTube ganaron la guerra — más o menos 2012 — el CD grabado murió de golpe. Y con él se fueron cosas concretas:

  • La ceremonia de crear algo. Quemar un mix de una hora para tu novia, con nombres de canciones escritos a mano en la cara del CD, era hacer un objeto. Un pendrive con playlist nombrada no es lo mismo. Un link de Spotify es otra cosa todavía.
  • La prueba física del gusto. Tus CDs en el estante eran tu identidad. Hoy tu Spotify no existe físicamente — y cuando alguien entra a tu casa no puede ver qué escuchás.
  • La transmisión entre amigos. El CD circulaba, pasaba de mano en mano, se copiaba. Era un virus cultural con patas. Un link de YouTube no tiene esa carnalidad.

Los problemas nuevos que antes no teníamos

Y acá el giro final — lo que ganamos al perder el CD, pero con la factura que eso nos pasó:

  • Nada es tuyo ya. Tu biblioteca en Spotify es un permiso, no una propiedad. Si dejás de pagar, o si Spotify cierra, o si un sello retira su catálogo, tu música se evapora. El CD quemado en 2005 sigue funcionando en 2026.
  • Se acabó la curaduría como trabajo. Armar un mix de 14 canciones para un CD era una actividad creativa que llevaba tiempo y decisión. Hoy Spotify te arma el mix solo. El músculo de elegir se atrofia.
  • La mentalidad cambió — y eso es bueno y malo. Hoy usamos, escuchamos, vemos y dejamos. Nos queda en la memoria (si llega a quedar) y si lo queremos de vuelta, volvemos al streaming a buscarlo. Eso es cómodo. También es más desechable. Nada se atesora porque nada se va.
  • Pagamos para siempre en vez de pagar una vez. Aquel CD virgen valía 50 céntimos y después era tuyo para siempre. Hoy pagás 10 euros al mes cada mes cada mes. La factura nunca termina.

Spoiler para la Gen Z que llegó hasta acá

Si querés vivir la experiencia —y te lo recomiendo genuinamente como ejercicio antropológico— conseguí una grabadora USB de CD (Amazon vende por 25 euros), compra una torre de CD-Rs (15 céntimos cada uno), descargá Nero Free Version o InfraRecorder, y quemá un mix para alguien específico. Escribile el nombre con marcador. Regalalo.

Vas a entender algo que ninguna playlist de Spotify puede darte: la diferencia entre hacer un objeto y compartir un link. Son dos formas distintas de decirle a otra persona “pensé en vos”. La primera tarda 40 minutos y deja rastro físico. La segunda tarda 3 segundos y se va con el próximo update del algoritmo.

Ninguna es mejor, en serio. Pero son cosas distintas.

Fuentes consultadas

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~marian_94 hace 2 min

yo tenía el walkman azul semi-transparente, ese que se le veían los engranajes. lloré leyendo este artículo. gracias.

~djcombo hace 14 min

el tema de los 45 minutos es REAL. el acto de elegir qué merece estar en la cinta era lo más parecido a hacer un disco propio.

~~invitado hace 1 h

¿se puede conseguir la revista en papel? en mi ciudad no llega.

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